sábado, 3 de noviembre de 2018

Don Pedro, un maestro rural.


Ahora, sentado en un banco de la plaza del pueblo y tomando este esplendido sol de junio, veo pasar  a los niños que acompañados de sus madres se dirigen al colegio, y se me viene a la mente cuando antaño yo, siendo un niño, recorría más de cuatro kilómetros  todos los días   para asistir a la escuela. Hiciese frío o calor, siempre, por un camino solitario lleno de barro o de polvo, dependiendo de la época del año, recorría esa distancia por duplicado, y jamás mis padres escucharon la más mínima queja de mí. Me  encantaba ir a la escuela y disfrutaba  todos los días con las enseñanzas de don Pedro, mi maestro.
Vivían mis padres en un caserío alejado del pueblo y allí cuidaban el ganado y las tierras de don Ambrosio. Siempre con olor a excrementos y pasando todo tipo de miserias. Mis amados padres no sabían leer ni escribir y siempre que recibían alguna carta tenían que acudir a que don Pedro se la leyese y le explicase su contenido. Así como a confeccionarle un escrito de cualquier tipo, y os puedo asegurar que tenía  don Pedro la más bella letra que yo he visto jamás, e incluso antes con las máquinas de escribir, y hoy con los ordenadores, me sigue gustando más la caligrafía tan bella, perfecta y cuidada de don Pedro. ¡Aún conservo algún que otro escrito de él!
 No deseaban mis padres que su hijo viviese de la misma forma que ellos, y preferían que yo aprendiese a leer y a escribir, y más tarde cuando fuese mayor poder trabajar y vivir en el pueblo con las demás personas, y así poder disfrutar de todos aquellos placeres que ellos en su apartado lugar no disfrutaban jamás.
Me encantaba la Gramática y las Matemáticas y el maestro nos decía que teníamos que aprenderlas bien porque sería  lo que más utilizaríamos en nuestra vida cotidiana.
Don Pedro era un buen maestro, que le encantaba enseñar; un profesor que no era defensor del famoso dicho: “la letra con la sangre entra”. ¡Menudo dislate! ¿A quién se le pudo ocurrir? Todo embuste repetido miles de veces se transforma en verdad para la mayoría de los ciudadanos. Decía don Pedro cada vez que escuchaba la pésima frase. No castigaba jamás a ninguno de sus alumnos, solo se conformaba con echarnos alguna reprimenda y hacernos prometer que ya no lo haríamos más. Y siempre acababa diciéndonos: “Sabed que cumplir la palabra dada es lo que más honra a una persona.”
Más de un padre le decía al maestro que si su hijo se portaba mal tenía permiso para castigarle con el palo, y don Pedro siempre le respondía que en su escuela, mientras él estuviese, no se usaba la férula ni ningún otro tipo de tortura. “Hay que educar con el amor no con el dolor”. Era la frase predilecta del maestro.
El saber enseñar nos decía siempre don Pedro es el arte de transmitir a los demás el deseo de conocer la utilidad de cada cosa.
Era don Pedro, rechoncho, con principio de calvicie, y un buen mostacho con el que aparentaba ser más fiero de lo que en realidad era. A igual que el poeta Machado estilaba don Pedro  un pobre desaliño indumentario, cosa muy  habitual en cualquier  maestro de la España rural. El sueldo de don Pedro no daba para grandes desembolsos y si vivía algo mejor era gracia a la generosidad de sus vecinos que siempre contribuían con longanizas, frutas y verduras, cada uno en la medida que le era posible; y las mujeres les confeccionaban o reparaban la pobre vestimenta que don Pedro poseía. También, es verdad, que el maestro llegado el tiempo de la cosecha jamás se privó de ayudar a las familias más necesitadas a recoger sus frutas, segar sus trigos o cualquier otra ayuda que le solicitasen.
Algo menos de treinta niños, de diferentes edades, asistíamos a la escuela y a todos nos transmitía el maestro su amor al saber, a conocer la naturaleza, a  respetarla y a sacar provecho de todo aquello que ella generosamente nos ofrecía. Él decía que solo puede respetar la naturaleza aquel que la conoce de verdad. Todos los meses aprovechaba un día don Pedro para salir al campo con sus alumnos y nos iba mostrando las plantas, los insectos, las setas, los árboles, los pájaros, los minerales, y allí sobre el terreno mantenía animadas conversaciones con nosotros  para explicarnos el porqué y el para qué Dios había  colocado cada cosa en la naturaleza.
Todo tiene su utilidad, todo cumple alguna función en este mundo. —No se cansaba de decirnos una y otra vez nuestro apreciado maestro.
Era, don Pedro, muy partidario de las redacciones porque para él era una muy buena forma de que los niños aprendiésemos a escribir correctamente: sin faltas ortográficas. Y aprovechaba las salidas al campo para que les explicásemos en el papel lo que habíamos visto y lo que habíamos aprendido. También tenía el buen maestro en la escuela una pequeña librería donde sus alumnos podíamos tomar el libro que más nos gustase, y podíamos  llevárnoslo a casa para leerlo e ir habituándonos a la lectura. Jamás, que yo sepa,  se perdió ningún libro y se asombraba el maestro de cómo los libros después de pasar por tantas manos de niños se  conservaban en tan buen estado. Todos sus niños aprendimos el valor de un libro, y a comprender que había que cuidarlos porque detrás de nosotros vendrían otros niños que también lo iban a necesitar.
Seguía  el maestro la costumbre instaurada en todos los pueblos españoles de ir por las tardes a la taberna del pueblo y allí en tertulia con los vecinos intentaba, consiguiéndolo en menor o mayor medida, según el interlocutor, inculcar sus ideas y su forma de ver la vida. Con esto consiguió que incluso aquellos vecinos que no eran partidarios de sus pensamientos  lo llegasen a respetar y a querer.
El día que después de más de veinte años el maestro abandonó el pueblo no hubo ni un solo vecino que no saliese a despedirlo, y  todos lamentaron su pérdida.

martes, 13 de febrero de 2018

Amistad perdida


Estoy tumbado en mi cama mirando al techo y escuchando aquella canción, que antes  tantas y tantas veces habíamos escuchado juntos, y  pensando en lo sucedido. En mi mente se van mezclando los acordes de la canción con los desagradables recuerdos de este día, y  todos los acontecidos en nuestros años juveniles. Nada es más desagradable que comprobar que todo lo que has tenido como algo excepcional, de repente, se ha convertido en pura falacia. Cómo las fortalezas se transforman en castillo de naipes, o cómo un  sueño se convierte en la pesadilla más atroz.
               La misma pensión con el mismo hambre en la misma habitación
                                            vivíamos… Rogelio y yo

     Lo recuerdo en el colegio en nuestro  pupitre de madera. Un agujero en el centro para el tintero, una ranura para el lápiz y aquellos asientos replegables. ¡Tantas horas juntos los dos! Fueron muchos años los que compartimos juntos en ese pupitre, en esa escuela, con don Antonio, el profesor, y luego después en la academia. Al principio nuestra forma de ser no era nada compatible, y  se podía decir que él no era muy sociable con nadie, ni dentro ni fuera del colegio. Pero conmigo, a partir de que se enteró de que me dejaron sentado en la puerta de la iglesia con la maleta en la mano esperando a un misionero que me tenía que llevar a un seminario y que no se dignó a presentarse nunca, y eso que aguanté toda la mañana esperándolo inútilmente; a partir de este acontecimiento se hizo menos huraño, más cercano y nuestra amistad se fue consolidando.
           Bajo el mismo techo con el mismo frió tiritando en el lecho
                                      dormíamos… Rogelio y yo

    La iglesia —me dijo— es la mayor secta del mundo, solo va a sacar beneficio  y todo lo que predica es pura hipocresía; ahí se han fabricado los mayores embustes de la humanidad y se han tergiversado la realidad todo lo posible para el propio beneficio de sus dirigentes; ellos siempre han sabido que cualquier mentira contadas miles de veces se acaba por instalar como  verdad. ¿Por qué crees que una religión que su quinto mandamiento manda no matar, ha sido ella, precisamente, en nombre de su Dios, la que más inocentes ha matado? ¿Qué te parece que a un Dios que predicaba la pobreza lo estén representando un Papa, unos cardenales y unos obispos que viven opíparamente en suntuosos palacios rodeados de riquezas? No estés triste por esto, que has ganado mucho, Obdulio.
                            Con el mismo coche la misma mujer y la misma noche
                                          soñábamos… Rogelio y yo

     El conflicto que hubo en el pueblo cuando el párroco se vio envuelto en un lío de faldas en el cual dos señoras  en la misma sacristía se agredieron con tirones de pelos y arañazos en el rostro; todo provocado porque bien por un error del cura o por un error de una de ellas, las dos se presentaron a la misma hora para tener un rato de consuelo religioso con el representante de Dios en la tierra, o quizá para desgastar un poco las garras al deseo  ya que este tipo de señoras lo suelen tener custodiado en armarios muy secretos. Poco tiempo después, del tan desagradable y muy aireado espectáculo, el párroco pidió la baja a la Santa Sede y se casó con las más rica, ¡quizá solo fue casualidad! Este hecho me hizo creer un poco más en la teoría de Nicasio,  y mi empatía hacía él fue creciendo progresivamente, al mismo tiempo que me iba alejando de mis antiguas creencias, más cercana al cristianismo y sus virtudes.
              En el mismo trabajo el mismo sudor y el mismo fracaso
                                      luchábamos… Rogelio y yo.

Con el resto de compañeros mejoró mucho su estima cuando, estando ya en la academia, un día, al no saberse la lección, el profesor lo llamó para golpearle la palma de la mano con la regla, como tenía por costumbre este profesor. Supongo que aquí pasaba como en todo sitio que había profesores, casi siempre los peores, muy amigos del castigo. Ese día él se levantó se fue hacía el profesor y plantándose ante él con las piernas abiertas, los brazos cruzados y la cabeza erguida le espetó: “a mí, tú no me vuelves a pegar más”. Ese tú, dejó a toda la clase en silencio y expectante. Nicasio estaba tranquilo, firme y desafiante; al profesor le temblaba las piernas, se  ruborizó, le salió un tic nervioso en el ojo izquierdo que no podía disimular. Así estuvieron un rato hasta que el profesor lo mando salir de clase. Seguramente que en la siguiente reunión de profesores este tema estuvo muy presente ya que a partir de aquel día no se volvió a usar la regla ni ningún otro tipo de castigo con los estudiantes. Pero la acción de Nicasio se propagó efusivamente por toda la academia y eran muchos los  estudiantes, que nunca antes le habían hablado o no lo conocían de nada, que lo felicitaban y lo auparon al trato de héroe. Siempre me pregunté por qué Nicasio se rebeló  contra este comportamiento, si al fin y al cabo, a él, que le pegasen en clase le importaba un pimiento; mas yo creo —y esto es pura deducción mía— que todo se fraguó el día que este energúmeno de profesor le  pegó a “Juli”, la única chica que había en clase. “Juli” era alta y guapa y simpática y se llevaba bien con toda la clase, y aunque  no era una estudiante brillante sí que era participativa y aprobaba todas las asignaturas, y jamás ningún profesor la había humillado como se le ocurrió humillarla a este destructor de la enseñanza. Ella no lloró y aguantó estoica los golpes, pero sus ojos acabaron lacrimosos y su orgullo dolido. A Nicasio en este acto lo vi levantarse para protestar, pero al final se calmó. Tenía en la mano un  lápiz y lo rompió  en dos pedazos, produciéndose una herida en uno de sus dedos y quizá eso le hizo   calmar su ira. Creo que a partir de este momento él  fue programando  su cerebro para  que eso no volviese a suceder, y como es palmario, que todo profesor agresivo también es cobarde, al final Nicasio ridiculizó al profesor y consiguió acabar con los inútiles castigos que no conducen a nada positivo.
    Ya no te acuerdas Rogelio de aquella cantina del viejo Anselmo
                                                  y su acordeón.

      Era por naturaleza que siempre le salía ese espíritu quijotesco cuando de alguien débil se trataba. Yo lo vi más de una vez que al cruzarse con Toñete (el tonto del pueblo) siempre lo trataba con dignidad, y más de una vez se enfrentó a otros chicos que se reían de él; siempre le ofrecía su mano, la que Toñete estrechaba con gran alegría; hablaba con él como con cualquier otra persona y alguna que otra vez le entregaba una peseta para que se comprase lo que desease. Siempre después de cruzarse con Nicasio, Toñete era la persona más feliz del universo. También un día me presentó a don Ramón, un señor que se dedicaba a dar clases a los analfabetos, y que iba por las casas de los que lo contrataban. Don Ramón era un jubilado, persona de una bonhomía inigualable y aunque no sabía escribir correctamente, sí que tenía una bella letra que cautivaba. Me contó que estaba jubilado y que como estaba soltero vivía con una hermana que le administraba  la pensión, así que don Ramón solo tenía para sus gastos los pocos duros que sacaba de sus clases particulares a domicilio. El hombre siempre iba mal vestido, con un pantalón de rayas finísimo, algo corto de piernas y con una chaqueta raída con el cuello lleno de una mugre que brillaba como un zapato de charol, y que para averiguar su edad habría que contratar a algún antropólogo.
                                                  Cuantas las noches nuestro vino alegró,
                                                  cuantas noches que tu música tocó
          Tenía Nicasio la cualidad de sorprender a cualquiera  y así ocurrió, un día en clase de literatura, cuando el profesor, don Bernardo, nos preguntó a todos qué libro de los que habíamos leído nos había gustado más. De todos los que contestaron solo unos pocos habían leído entero un libro; la mayoría no habían leído un libro jamás. Cuando llega el turno a Nicasio, este muy tranquilo responde que El Quijote. No pudieron gran parte de la clase contener las risotadas y hasta el mismo profesor se tuvo que sonreír. Vamos, Nicasio, no me metas esta trola que no pasa —le dijo el profesor.
Pues bien —contestó él.
Vio el profesor la tranquilidad de Nicasio y le dijo que si le demostraba que había leído el Quijote, le aprobaba todo el curso. Cómo se lo demuestro don Bernardo —dijo Nicasio. Espera un poco, dijo el profesor y salió de la clase; al poco apareció con dos tomos de El quijote y le dijo a Nicasio que le iba a hacer algunas preguntas y si se las respondía correctamente, él cumpliría su palabra. Pues vamos allá, empiece —le respondió—. Todos nos quedamos más que abobados de ver cómo Nicasio respondía correctamente a todas las preguntas sin dudar ni fallar en ninguna de ellas. La pregunta que nos hacíamos todos era la misma: ¿pero este tío se ha aprendido el Quijote de memoria? El profesor viendo que Nicasio no se había tirado ningún farol quiso tensar más  la cuerda y cada vez complicaba más la pregunta. Si las primeras fueron las más sencillas: ¿Cómo se llamaba el Quijote? ¿Cómo su caballo? ¿Cómo su dama? Luego la dificultad fue en aumento: ¿Qué era el yelmo de Mambrino y a quién se lo ganó? ¿Quién era el caballero de los Espejos? ¿Quién era Maese Pedro y qué ocurrió entre él y don Quijote?, y muchas más preguntas que Nicasio respondía con total seguridad y tranquilidad. Hay que dejar bien claro que don Bernardo cumplió su palabra y Nicasio aprobó literatura. Al fin y al cabo aprendimos todos más de este ilustre libro con este test, que si lo hubiésemos leído.
                                                   Cuantas las noches que al oír esa canción,
                                                                    tú te reías y reía yo
       
     Un día, mientras nos bañábamos en la desembocadura del arroyo Salado, (nos gustaba bañarnos aquí porque decían que el agua del mar es buena, pues pensábamos nosotros, que las aguas salobres de este arroyo sería también buenas) nos encontramos un puñal en muy buen estado y que nosotros dedujimos que era de la época romana (por lo menos era bastante  parecido). En aquel momento no supimos valorar nuestro hallazgo, mas aquello hizo que nos interesáramos por la vida de los romanos.
Sobre el arroyo salado hay un puente romano que durante muchos años aguantó todo el tráfico que por él pasaba sin que jamás ocurriese nada, sin embargo cuando lo sustituyeron por otro nuevo, éste un día de lluvia acabo cayéndose, muriendo varias personas. Recuerdo que a los pocos días del suceso, proyectaron en el cine la película “Un puente sobre el río Kwai”, y Nicasio quedó admirado de la película y del comportamiento del coronel Nicholson. Al salir del cine me dijo: Ves, Obdulio, si el ingeniero del puente moderno hubiese sido tan eficiente y comprometido como este coronel, el puente nuevo no se habría hundido.
                                                             Y nos despertaba el sol
                                                     llenos de vino, llenos de ilusión
 Algo que no pudo con ninguno de los dos fue el tabaco. Muchos compañeros fumaban, a escondidas de sus padres, y nosotros también lo intentamos. Había un quiosco al que llamábamos el quiosco de Curro y donde vendían cigarrillos. Un día fuimos y preguntamos a Curro: ¿tienes Bisontes sueltos? Curro nos miró un poco incrédulo y nos espetó: SÍ. Pues denos dos — le dijimos. La incertidumbre de Curro al darnos los cigarros lo averiguamos después, pues al parecer los chicos un poco mayores que nosotros tenían por costumbre ir donde Curro y preguntarle lo mismo que nosotros: ¿tienes Bisontes sueltos? Y cuando Curro decía que sí ellos le contestaban: “pues átalos que son peligrosos”.
Esos dos cigarrillos fueron los primeros y los últimos que probamos; aquello estaba malísimo y además nos dejó una lengua asquerosa con sensación a madera. No encontramos el placer de fumar por ningún sitio. Yo tengo que confesar que en la mili lo volví a probar, esta vez con Fortuna, mas el resultado tuvo la misma fortuna y según me han contado todo el mundo tuve la gran fortuna de que no me gustase.
                                                   Te reías del dolor, de si hacia frió o hacía calor,
                                                                     si había dinero o solo sudor.

       Los dos nos sacamos el carné de conducir el mismo día. La primera vez nos suspendieron a los dos: a él en teórica a mí en prácticas. A la siguiente los dos aprobamos y recuerdo perfectamente que tuvimos que andar la distancia que separa un pueblo del otro, y anduvimos los más de ocho kilómetros riéndonos de esta forma tan peculiar de celebrar la obtención del carné. Otra vez en el último día de la feria del pueblo, cuando ya era tardísimo y no había casi nadie por el recinto ferial, nos subimos  a un auto de choque  y nos encontramos con que el coche estaba saturado de fichas y no tragaba ninguna más, pero andaba sin introducir nueva ficha; poco a poco fuimos acabando con todos los que habían en la pista y nosotros seguíamos; los operarios de la atracción ya estaban desmantelando lo que podían y nosotros solos por la pista dando más vueltas que una peonza. Nos mirábamos de soslayo y nos reíamos como locos, hasta que Nicasio se harto y me dijo: “vámonos”. Luego se lo contamos a uno de los chicos que había en la pista y en vez de enfadarse se reía con nosotros y nos decía: “pues no os he echado yo maldiciones y además creía que erais maricas con tantas risitas como os traíais”.
                                  Con el mismo equipaje en el mismo tren que me marche he vuelto
                                                                         hacer el viaje   
Así fueron ocurriendo unas historias y otras hasta que  llegó nuestro más triste acto: la separación por el servicio militar. A mí me tocó el Ferral del Bernesga en León y él se fue para san Gregorio en Zaragoza. Y a partir de esta bifurcación de caminos se congeló nuestras relaciones y  después de la mili yo ya no volví al pueblo. Me quedé fuera trabajando y no volvía apenas por el pueblo, y así pasaron más de tres décadas  sin vernos, y sin saber el uno del otro.
                                  A tu nueva dirección con el mismo traje y la misma ilusión he ido,
                                                                   he ido a buscarte

     Él fue el primero que me habló de democracia, de dictadura,  de anarquía, de autocracia, de tecnocracia,  de Sócrates, de su mayéutica y de su “solo sé que no sé nada”, de Platón, de Kierkegaard, de Marx y su Capital, de Dolores Ibárruri, del PCE,  de Mahatma Gandhi y “su no colaboración, no violencia”. Cada vez que veía a un niño o grupo de niños harapientos soltaba la frase: “todo lo que se come sin necesidad se roba al estómago de los pobres”. Si veía los domingos en el campo a los hombres, mujeres y niños recogiendo el algodón siempre me decía ahí los tienes rompiéndose el espinazo para que el patrón se forre con su esfuerzo; el domingo es día de descanso y misa, pero solo para los ricos; aquí el gobierno y la iglesia cierran los ojos. Esto en Rusia no pasa, los niños deben ir al colegio obligatoriamente y nada de trabajo hasta que no son mayores de edad; allí la cultura es lo principal y no hay ningún analfabeto, no como aquí que la gran mayoría son analfabetos para  gran alegría de los patronos y de los gobernantes. Cuándo vendrá a España un Che Guevara que gobierne para el pueblo y mande a este dictador fuera del país. Los domingos si  veía en la televisión el fútbol solía decir que el fútbol es el opio del pueblo, que Paco Pantanos lo ponía todos los domingos para que el pueblo no se parase a pensar en lo que tenía que pensar, que ya lo había copiado de  los romanos cuando le daban al pueblo, gratis et amores, el pan y el circo.  
    Curiosamente, un día, no recuerdo por qué motivo, si fue por un final de algún trofeo, si porque el equipo podía cambiar de categoría o por cualquier otra cosa, es caso es que asistimos a un partido de fútbol, y lo que ocurrió después fue la consagración absoluta para no volver más a un partido de fútbol, y para que este deporte aún hoy en día siga sin gustarme. Resulta que el equipo no iba bien y en una jugada hubo un penalti y no se lo pitaron, o le pitaron uno en contra (no recuerdo porque nunca presté ninguna atención), el caso es que el público se hecho al campo a agredir al árbitro; la guardia civil salió, como es lógico, a defenderlo y allí vi perfectamente cómo un individuo con una histeria muy profunda le arreó una bofetada tremenda a un guardia civil quitándole el tricornio. Tricornio que se quedó en el suelo y que no se atrevió a coger el guardia. En los vestuarios refugiaron al árbitro y allí estuvo hasta que llegaron los refuerzos y lo trasladaron hasta el cuartel, que está tan solo a unos trescientos metros del campo fútbol. Mientras esto ocurría por otro lado otro grupo de personas se fueron al coche del árbitro y lo arrojaron al río que está justo pegado al campo de fútbol. Según mi pobre opinión todo esto se estaba mascando, ya que durante el desarrollo del partido alguien golpeó al juez de línea y este hombre ya no se atrevía a ir por la raya que limita el campo sino que iba bastante más adentro de la raya para evitar otra bofetada inesperada, y más de uno de  los componentes de este público asistente le gritaba al árbitro que muy cercano estaba el río y que allí iba a acabar si seguía con su comportamiento. No sé quién tendría razón (si es que la había), lo único que sé es que este comportamiento es totalmente indigno de personas y de deportistas, y desgraciadamente hoy en día no solo no se ha acabado con ese comportamiento sino que se ha agravado y cada día es más popular. Por ese motivo siempre me han gustado más lo deportes individuales: Atletismo, natación, tenis, boxeo…
                                         El guardacoches me ha entrado por la puerta del servicio
                                                           y me ha metido en un cuarto
     Me comentaba Nicasio que siempre había que luchar porque    gutta cavat lapidem. Tenía por costumbre usar muchas frases latinas y eso de que, yo supiese, jamás aprobaba el latín, pero recordaba fielmente aquellas frases que le interesaba para mantener activo  y culto su diálogo con cualquier persona. Bueno, no aprobaba el latín ni ninguna otra asignatura que no fuese educación física, más por indolencia que por capacidad; en educación física era un fenómeno, nadie era más rápido corriendo que él, pero sobre todo saltando el potro y subiendo la cuerda no tenía rivales. La cuerda la mayoría de la clase no podían subirla y algunos, muy pocos, la subíamos con dificultad, mas él se sentaba en el suelo, tomaba aire y soltando un ¡uaff! comenzaba la ascensión con las piernas en ángulo recto y la subía y bajaba con una facilidad asombrosa, y cuando terminaba se iba hacía mí  y me soltaba: “a ver qué mariconcito de estos Adidas tiene cojones para hacerlo”.
                                                                   Desde donde he mirado
                       Y te he visto bien vestido, en un salón lleno de espejos gente importante a tu lado
                                 
      Siempre se negó a llevar pantalones de campana y zapatos de plataforma, porque, según él, esos zapatos era pura hipocresía ya que lo único que se intenta con ellos es  aparentar ser más alto de lo que en realidad eres, y esos pantalones era la cosa más ridícula de la moda, ya que solo servía para barrer las aceras de las calles. Yo llevo mi propia moda —me solía decir. Tampoco el pelo largo, cuna de piojos, según él, era de su agrado, y  fumar y beber hasta emborracharse lo tenía apartado de su quehacer diario. Cuando algún cacique o hijo de cacique cometía alguna tropelía y acababa absuelto siempre  decía que la ley debe ser como la muerte que no perdona a nadie, en clara alusión a Montesquieu. Más de una vez acabamos en el cuartelillo por culpa de sus repentinos imprevistos. Él era la única persona por la que un día arriesgué mi vida sacándolo del río en un momento que se estaba ahogando, y aunque yo tampoco sabía nadar correctamente no lo dudé un segundo cuando vi a mi amigo en peligro y me tiré a sacarlo, y con suerte  lo conseguí. Después de este acontecimiento recuerdo que nos fuimos al bar a celebrarlo, y mientras nos tomábamos unas cervezas se fue a la gramola y puso las canciones del grupo Jarcha: Libertad sin ira, Andaluces de Jaén y Cadenas. Pero a partir de aquí se tomó en serio el nadar y aprendió tan bien que era capaz de cruzar el río debajo del agua de un extremo a otro, así como hacerse unos cuantos largos de piscina sin la menor dificultad. Jamás hablamos de este hecho a nadie, o por lo menos eso es lo que yo creo, ya que él no era muy propenso a relatar historias a nadie.
                                                                          
                                                        y en tu cara el fastidio,  cuando te han avisado.
                                   Has salido, me has mirado, te has acordado de mi nombre ¡ALELUYA!
                                  

        Un día paseando con las bicicletas, en un camino paralelo a las vías del tren, nos vimos envueltos en una pelea de gitanos. Asomaron por un lado y por otro de repente hombres y mujeres armados con cuchillos, palos y tijeras; yo salí de allí rápido pero él se quedó tranquilo observando cómo se desarrollaba los acontecimientos. Ni la guardia civil, ni los comisarios de la policía que vinieron de la capital lograron que dijera nada. Su boca estaba sellada y nadie ni nada logró que quebrantara su silencio; nadie pudo sacarle otra cosa  que no fuese que él no vio nada más que pelearse a unos con otros, mas no conocía a nadie y no sabría decir quiénes eran. Sin embargo a mí me lo contó con todo detalle y me relató cómo una gitana vieja agredía con unas tijeras enormes a otra gitana joven que estaba embarazada; cómo un gitano denominado Cagancho llevaba un enorme palo con clavos con el que amenazaba a todo aquel que se le acercaba. Curiosamente solo hubo que lamentar la pérdida del feto de la embarazada, aunque más de un gitano acabó en el consultorio médico para curarse las heridas.

                                                    Y luego… luego te has marchado
                    Me has dejado con un saludo, una cita en tu despacho y una tarjeta en la mano

        Hace unos días tuve, por casualidad, noticias de él; averigüé que  le va bastante bien, que tiene una empresa y fue cuando decidí, muy contento, ir a visitarlo. Pero toda mi ilusión se fue de repente cuando presentándome ante su secretaria le dije que mi nombre era Obdulio Carpeta, que era amigo de don Nicasio Tufo  y que deseaba verlo. Algo menos de un  minuto tardó en salir la señorita para decirme que don Nicasio ahora no podía recibirme, y que si buscaba trabajo ahora mismo era imposible, aunque si gustaba le podía  dejar a ella mi currículum.
                            
                                                                con tu nombre bien bordado
                                                                   Pero no importa Rogelio,

    Mi amigo de infancia, mi amigo de colegio, mi amigo de fiestas y no se ha dignado ni a saludarme; sin escuchar ni siquiera lo que deseo, ni preguntarme  cómo  me va, ni a qué me dedico. El amigo por el que habría dado mi vida nuevamente si hubiese sido necesario, el amigo al que le había salvado de morir ahogado, ahora no quiso saber nada de mí después de tantos años. Pero tanto puede cambiar una persona —me pregunté. Tanto le hubiese costado salir un momento para darnos un apretón de manos, y si no pudiese en ese momento estar conmigo, poder quedar otro día para hablar entre nosotros. A qué se debería este cambio: a una mujer, al dinero, a las circunstancias o quizá al entrar en este círculo de la sociedad, perdió todo el coraje justiciero que siempre le sobró en su juventud.
                                                                    esta noche iré a la cantina
                                                              y al viejo Anselmo pediré tu canción

     Al salir de allí cerré la puerta suavemente, casi sin ganas, con el rostro triste, los ojos entornados  y con movimientos lentos y desganados. Seguramente que cualquier observador podía colegir en mi diminuta fisonomía una dignidad destrozada. Al cerrar esa puerta había cerrado mi última esperanza. Había puesto tanta ilusión al enterarme de que mi gran amigo Nicasio, mi amigo de la infancia, el amigo con el que tanto luché, con el que compartí toda mi juventud y la única persona por la que arriesgué mi vida por salvar la suya; después de tantos años saber eso me había llenado de alegría, y la sangre  volvió a correr por mis venas como el agua de un torrente. Ya me habían prevenido, otros conocidos que  él había cambiado mucho, que ya no era ni sombra de lo que fue, que después de la mili buscó trabajo y acabó casándose con la hija del jefe.  Que se había vuelto un explotador, que era el patrón que menos pagaba a sus obreros, que no les pagaba las pagas extras, que solo les daba quince días de vacaciones, y que era una de las personas más odiadas en el pueblo; pero que en este puto pueblo nadie lucha y todo el mundo va a lo suyo, que era más importante ser el pelota del jefe que ser delegado de trabajo, y que cuando había alguna denuncia  avisaban a las empresas y en poco tiempo la orilla del río y los alrededores se llenaba de operarios esperando que los inspectores se fuesen de la empresa para volver luego, pasado el peligro. Me costaba creer todo esto que oía, pero también es cierto que como decían los antiguos cuando el río suena…, y lo más curioso es, me afirmaron, que se había hecho Hermano Mayor de la cofradía de la Oración del Huerto. Esto sí que entraba dentro de lo inverosímil.
                                                        En la misma mesa beberé por los dos,
                                                        y entre mil copas me reiré del dolor,
                                   
      Pensé en quedarme esperando en la calle para obligarlo a verme y soltarle un par de frases, pero no lo hice porque  veía que mi amigo ya no era el mismo; no era la persona que conocía, éste era otra persona totalmente desconocida, quizá ahora se   había transformado en esa persona que él tanto odió y que tanto intentó combatir en su juventud.
                                                                      Yo reiré ja yo reiré
                                            Me reiré de tu adiós, de mis zapatos, de tu confusión,
                                            del pantalón, de tu frac, de tus espejos y de tu salón.

    Pensé en olvidarlo todo, pero al final me acordé de una de las muchas canciones que escuchábamos en nuestro tiempo de libertarios. Aquella canción que oíamos de jóvenes: Rogelio, de Patxi Andión. Una canción que hablaba de amistad y desengaño; de dos amigos a los que les había pasado lo mismo. Fui a casa, busqué el casete e hice un paquete con él y se lo envié a su oficina con una tarjeta donde escribí:
Que Dios te siga dando suerte.
Obdulio Carpeta.
          P.D. No te preocupes que si te veo no te saludaré, no quiero avergonzarte.

                 Y cuando te vuelva a ver te diré:
¡Muy buenas tardes! ¿Qué tal está usted? Y como no,
te pediré un favor para que esa noche duermas un poco mejor.


    Justo acababa de salir de entregar este paquete cuando alguien por detrás estaba gritando mi nombre. Me paré a ver quién era. Llega un señor que me conocía perfectamente y que yo no tenía ni idea de quién era.
—Pero, Obdulio, no me conoces.
—Lo siento, pero así es.
—Soy Antonio, Antonio Marchena.
    Al final acabé reconociéndolo y me pidió ir al bar a tomar una cerveza. Fuimos al bar Charlot, un bar con el mostrador de metal, las mesas de mármol con el soporte de hierro forjado y las sillas también de hierro forjado que al sentarse estaban frías y después de un rato notabas su efecto en los glúteos. Este mobiliario le daba un aspecto antiguo al bar. Las paredes estaban repletas de fotos, carteleras de películas y objetos todos ellos relacionado con Charles Spencer más conocido como Charles Chaplin  y más aún como Charlot. Allí, Antonio, me relató que se había hecho guardia civil, que llegó a ser sargento, que ya estaba jubilado, y  me preguntó qué me había parecido el camarada Nicasio. Dijo camarada con un retintín cargado de bastante ironía. Le contesté que no me había recibido, que estaba muy ocupado y él se echo a reír. Siempre estuvisteis juntos y ahora después de tantos años no tiene tiempo para recibirte: ¡menudo camarada! —me contestó. A mí tampoco me saluda. No me reconoce. Ahora sus amistades son otras, tan diferentes a las anteriores.  Ver para creer, amigo Obdulio. Después de una charla agradable donde recordamos tiempos pasados y no reímos en algunos momentos, nos despedimos habiendo quedado para vernos en otro momento.
Cuando desperté  de esta semiinconsciencia, la música hacía tiempo que había terminado.

lunes, 12 de febrero de 2018

Marcos, el niño que entendía el lenguaje de los pájaros.

Dedicado a mi amigo Marcos, el niño que un día caminando por el bosque le dije: " vamos, Marcos, que nos dejan atrás y nos perdemos", y él me contestó: " no te preocupes que yo sé hablar con los pájaros".
El pájaro que más cantaba en los jardines del rey Hamud era también el más triste de todos.
Encerrado en una gran jaula de barrotes de oro, el joven jilguero se pasaba todo el día cantando (según los humanos), pero lo que hacía el joven jilguero era suplicar a sus padres y hermanos que lo sacasen de allí, que hiciesen todo lo posible por liberarlo y así él poder disfrutar de la libertad que hace tiempo había perdido.
Estaba bien alimentado y cuidado pero la libertad es algo que no se puede cambiar por nada. No hay nada en la vida que sea más valioso que la libertad.

Marcos era el hijo de uno de los jardineros del palacio; era huérfano de madre y solo tenía a su padre que ya era mayor y estaba muy cansado de tanto trabajar.
Marcos poseía una cualidad de la que nadie tenía noción: Marcos entendía el canto de los pájaros, y así este niño era el único de palacio que sabía lo que sufría el joven jilguero que estaba enjaulado en palacio. Él ya hubiese liberado al joven jilguero si no fuese porque temía la represalia que el rey pudiese tomar hacia su padre. Estaba muy mayor y no quería que fuese precisamente su hijo quien le hiciese sufrir sus últimos días en la tierra.


Un día de calor insoportable, las damas de la corte paseando por los jardines, disfrutando de su sombra y sus fuentes, se encontraron al padre de Marcos sentado al pie de una fuente... y sin vida.
La muerte de su padre entristeció a Marcos, pero él pensó que el único inconveniente que existía para dar la libertad al joven jilguero se había disipado.

Así que una mañana muy temprano Marcos madrugó y liberó al joven jilguero, el cual  revoloteando alocadamente entre las ramas de los árboles no paraba de dar vueltas y revueltas.
Cuando la guardia se dio cuenta de que el jilguero no estaba en su jaula, buscaron por todos lados, pero no había forma de encontrarlo. Alguien había liberado al jilguero de su jaula de oro. Cuando le comunicaron al rey ese suceso, se enfadó mucho y mando detener al soldado que en ese momento estaba de guardia. El rey quiso castigarlo cruelmente, pero Marcos viendo que otra persona iba a sufrir las consecuencias de su acción se presentó ante el rey Mahud y le dijo que era él, el que había liberado al jilguero, ya que el joven jilguero estaba sufriendo mucho y él no podía  ver todos los días tanto sufrimiento.  Al rey no le gustó nada su acción y por supuesto no se creía que Marcos pudiese saber que el jilguero estaba sufriendo.
Sufriendo un pájaro que no le faltaba de comer y estaba todo el día cantando ¡qué barbaridad!
El rey Mahud mandó encerrar en las mazmorras al joven Marcos, y a partir de ese momento en los jardines de palacio desaparecieron todos los pájaros. Ni se veían ni se oían cantar a los pájaros. Así estuvieron un par de días hasta que los súbditos se lo comunicaron al rey. Este se quedó asombrado y paseando por sus jardines pudo comprobar in situ que ello era verdad. Reunió a todos los hombres más eruditos de su entorno para que le informasen cómo había podido ocurrir aquel hecho tan insólito. Uno de ellos le habló de que entre los cristianos se hablaba de un joven llamado san Francisco que tenía el poder de hablar con los animales. El rey se acordó de Marcos y como prueba mandó liberarlo a ver qué ocurría.
 
Marcos en cuanto salió de las mazmorras se fue a los jardines de palacio  y en cuando los pájaros lo vieron pasear por sus jardines todos salieron de sus escondrijos y comenzaron a cantar y revolotear por los jardines.
Como por arte de magia aparecieron por todas partes pájaros cantando y revoloteando ( le contaron al rey sus súbditos).
El rey  después de meditar un par de días confeccionó un decreto que ordenaba liberar a todos los pájaros que estuviesen enjaulados en su reino y a partir de esta fecha nadie podía  capturar ni tener enjaulado ningún tipo de pájaro.

Marcos pasó su vida paseando por los jardines del palacio y luchando porque en todos los países se confeccionase una ley igual a la del rey Hamud. Pero está visto que fuera de allí nada consiguió. Tendrá que venir otro Marcos para que algún día se consiga ampliar a otros lugares esta hermosa ley.

sábado, 27 de enero de 2018

La inocente ignorancia

Su vanidad y su ignorancia estaban a la par hasta el extremo de creerse que algún día se tutearía con Dios.
Desde el pueblo se divisaba la enorme montaña: casi siempre cubierta por las nubes.
Siempre había creído, porque así se lo dijeron, que en lo alto de esa montaña se encontraba el cielo. Dios se encuentra en las alturas —  siempre le habían dicho a él.
Era tan enorme; estaba tan lejana, y que él supiese nadie había conseguido llegar hasta su cima. Llevaba mucho tiempo preparando su viaje, porque no quería fracasar en su intento.
Así que un día se marchó hacia ella y la fue subiendo tranquilamente. Como iba subiendo no veía nada fuera de lo normal. Todo era igual a lo que había abajo, si exceptuamos los árboles  que por aquí eran bastante más abundantes. Ya en la cima se encontró que no se veía el pueblo, no se veía nada solo un mar de nubes blancas que era extenso.
He llegado al cielo—pensó—y se quedó absorto, feliz, esperando alguna señal que así lo confirmase o encontrarse con algún habitante celestial.
A los lejos se divisan dos personas, ¡pero no son ángeles ni ninguna criatura celestial, son humanos!—se asombra.
Bien abrigados, traen unas mochilas y unos bastones en los que se apoyan cuando caminan. Cuando se cruzan con él les dan los buenos días y siguen su camino sin inmutarse lo más mínimo. Se pierden en el interior de la espesa niebla y él  sigue meditabundo.
Aquí no hay más cima; desde aquí no se puede ascender más; aquí, en esta altura, no hay ningún Dios. O no existe Dios o no está en las alturas como a mí me han dicho siempre — pensaba él.
¡Oh, Dios mío!, cuando aprenderé a no confiar en las personas. Como decía mi padre nunca creas en los charlatanes ni en los aduladores, porque la mitad de lo que dicen es mentira y la otra mitad no es verdad.

A partir de ahora vería a la montaña de otra manera y a partir de ahora empezaba a creer en otras cosas.

martes, 27 de diciembre de 2016

Don Primitivo y los trebejos díscolos.



Don Primitivo y  los trebejos díscolos

Tenía ya don Primitivo una edad en la que el cerebro estaba demasiado oxidado y demasiado bajo en neuronas.
Siempre le había gustado a don Primitivo el ajedrez y, aunque nunca había llegado a ser un buen jugador, siempre fue un excelente aficionado.
 Se vanagloriaba, cada vez que se le presentaba la ocasión, de que había hecho tablas con Arturo Pomar en unas simultáneas, y, decía —Arturo Pomar no es moco de pavo, ya que este jugador con 12 años hizo tablas con Alekhine, y más tarde con el más grande: Bobby Fischer.
Conocía Primitivo el nombre de los grandes jugadores mundiales: Fisher, Alekhine, Kasparian, Euwe, Capablanca, Najdorf, Botwinnik, Nimzowitsch, Lasker, Tarrasch y otros muchos. Había estudiado algunas de sus partidas, pero quien más le había llamado la atención fue Joseph Henry Blackburne al que sus rivales denominaban “el peligro negro”. Estuvo este jugador jugando hasta más de los setenta años con un alto nivel. Ganando incluso a jugadores como Alekhine o Nimzowitssch; por una partida con este último en Petersburgo en el año 1914 le dieron el premio a la brillantez en un torneo. Don Primitivo se la conocía de memoria.
He aquí la partida: Blackburne - Nimzowistch

   1º. e3 d6                    2º. f4 e5                 3º. fxe5 dxe5      4º. Cc3 Ad6          5º.  e4 Ae6                         
  6º. Cf3 f6                   7º. d3 Ce7              8º. Ae3 c5             9º. Dd2 Cbc6      10º. Ae2 Cd4
11º.0–0 0–0                  12º.Cd1 Cec6        13º. c3 Cxe2+      14º. Dxe2 Te8       15º. Ch4 Af8
16º. Cf5 Rh8                17º. g4 Dd7          18º. Cf2 a5            19º. a3 b5             20º. Tad1 Tab8
21º. Td2 b4                  22º. axb4 axb4      23º. c4 Ta8           24º. Df3 Ta2         25º.  g5 g6
26º. Cg4 gxf5               27º.Cxf6 Cd4        28º. Df2 Dc6        29º. Cxe8 Dxe8    30º.  Axd4 exd4
31º. exf5 Ad7               32º.Te1 Df7          33º. Dh4 Ta8        34º. Tf2 Ac6         35º.  Dg4 Te8
36º. Txe8 Dxe8             37º. Te2 Dd7        38º. Te6 Aa8          39º. g6 hxg6        40º.  Txg6 Dh7
41º. Dg3 Dh5               42º. Tg4

Últimamente don Primitivo no dormía muy bien, y además se pasaba las noches soñando cosas raras.
Las últimas noches don Primitivo soñaba que jugaba una partida de ajedrez en la cual él jugaba con blancas y las negras jugaban solas. Y era que las piezas le hablaban y se rebelaban contra sus movimientos.
¿Pero, cómo a tu edad te atreves a jugar una española? — le dijo el rey blanco a don Primitivo. Tú ya no estás para jugar aperturas abiertas, es mucho mejor jugar una apertura cerrada. Tenemos más posibilidades de ganar con las cerradas ya que en las aperturas abiertas te descuidas con facilidad y el equipo negro nos ganan rápidamente.
Bobby Fisher casi siempre jugaba aperturas abiertas y llegó a ser campeón del mundo, ¡listillo! – le respondía don Primitivo.
Ja, ja, ja —le respondía el rey— te quieres comparar con el gran Fisher, ¡pobre pardillo!
En otro momento era el caballo el que protestaba: Siempre me cambias a mí primero, ya estoy harto. Siempre prefieres antes al alfil que a mí, y yo, que lo sepas, soy muchísimo más valioso que el alfil y sobre todo al comienzo de partida.
Y así noche tras noche; unas veces la dama, otras veces las torres y casi siempre los peones, que se negaban todos a que los retirasen tan pronto del juego. Todos se mostraban díscolos con los movimientos de don Primitivo.
Quizá podemos imaginar que los trebejos al ser seres inanimados, no sentían la compasión y la compresión que hay que sentir con personas de esta edad y en este estado.
El caso es que don Primitivo sufría muchísimo en sus sueños, y más de una vez sudoroso y jadeante se despertaba gritando: «“¡porque a mí me da la gana, y se acabó!” “¡Yo soy quien manda, cojones!” “¿Qué te crees tú?”»
Y sucedió que una noche teniendo un enfrentamiento muy duro con la dama, porque en una jugada le dieron un jaque doble donde la dama quedó apresada. Discutieron acaloradamente, se insultaron sin mesura de ningún tipo y fue que en un momento de la disputa don Primitivo dejó de hablar, se quedó dormido, dejó de soñar y de sufrir y nunca más volvería a tener sueños de ningún tipo. Acabó su última partida en un sueño.