martes, 22 de noviembre de 2016

La mesa de Oña

 El día 5 de Abril de 2.008, año que será famoso por la gran crisis que sufre el país, cinco caminantes se adentran en Los Montes Obarenes para ascender hasta la conocida Mesa de Oña.
 Desde La Parte de Bureba inician su recorrido, dejando su coche a los pies de las encinas que bordean la cima. Apenas llevan 200 metros recorridos se encuentran con una construcción, ya derruida, donde antaño se obtenían piedras para la construcción de carreteras. En años no muy lejanos, gran cantidad de hombres trabajaban desde que el sol se despertaba por oriente hasta que se ocultaba por poniente. Trabajo duro, mal pagado y pesado donde los haya. Hombres con las manos encallecidas y ensangrentadas de soportar tanto dolor, de aguantar las inclemencias del tiempo: el frío invernal y los calores de los meses veraniegos. Después de tantas horas de trabajo y cuando el sol, lacayo de los patronos, terminaba su jornada, estos trabajadores bajaban a sus casas donde se lavaban el rostro y las manos en las jofainas, lebrillos, calderos o cualquier recipiente de que disponían, para más tarde recibir una poca sustanciosa sopa y, si había suerte, algún trozo de tocino acompañado con algunos tragos de vino, que alegraban un poco sus contraídos estómagos. Más tarde, la mayoría de ellos, se reunían al calor de una chimenea en invierno, o en plena calle en verano, para relatar sus aventuras, contar sus anécdotas o simplemente echar sus cánticos y aliviar en cierto grado sus pesares. Siempre mejor esto último que pararse a pensar y filosofar como lo hiciera Segismundo: ¡Ay. Mísero de mí, y ay, infelice! qué delito he cometido: Apurar ,cielos, pretendo, bastante causa ha tenido ya que me tratáis así vuestra justicia y rigor, qué delito cometí pues el delito mayor contra vosotros, naciendo; del hombre es haber nacido. aunque si nací, ya entiendo Contemplado esta construcción en silencio y cerrando los ojos, aún se puede oler sus cuerpos sudorosos, se puede oír sus lamentos y lastimeros gritos y si abriésemos los ojos y escrudiñaríamos en sus paredes encontraríamos muestras de sus gotas de sangre arrojadas continuamente en sus hercúleos esfuerzos. Los caminantes continúan su recorrido a través de un minúsculo cañón, que va ascendiendo muy lentamente, rodeados de encinas, bojes y alguna que otra planta que la primavera ha traído. Al llegar arriba se encuentran con una gran campa toda sembrada de glauca hierba y salpicada de puntos blancos producidos por las tempranas margaritas. Al final de la campa una choza, construida en piedra y con su tejado lleno de musgo, rodeada toda ella de los restos de una antigua muralla, que antiguamente servía de aprisco para el ganado, se alza como guardiana de todo este panorama. Se preguntan, nuestros caminantes, cuántos zagales habrán habitado esta choza; cuántos días de soledad habrán soportado tallando con sus navajas figuras, cucharas o cualquier otro artilugio sirviéndose de la madera del boj. O cuántos días, provistos de sus ocarinas, rabeles o flautas fabricadas con la madera del saúco, habrán lanzado al viento sus músicas mezclándose con los trinos multitudinarios de los pájaros, o con los ruidos ensordecedores de los truenos los días de tormentas. Cuánta soledad habrán soportados, llenando sus tímidos estómagos con algún mendrugo de pan y un trozo de chorizo o longaniza, que portaban en su ajados fardeles. Y siempre pertrechados con sus menesterosos ropajes sacaban redaños para soportar el interminable día y la ingrata labor. Nuestros caminantes prosiguen su camino siguiendo la ruta marcada en la tierra y que de no perderse les llevará hasta la Mesa. En algunos momentos alguna que otra mariposa con su vuelo zigzagueante se cruza en su camino. Crisálidas prematuras convertidas en bellos puntos coloridos e inquietos que no nos abandonarán hasta la llegada del próximo invierno. Han llegado hasta La Mesa y allí pueden contemplar una olla exprés colocada en el 2.002 por un grupo denominados “Almorzadores de Briviesca”. Después de admirar todo el paisaje en un día tan esplendido como el que están teniendo, los caminantes sacan sus provisiones y alimentan sus cuerpos para no desfallecer en cualquier momento, que al cuerpo hay que satisfacerles sus necesidades si no quiere que te dé algún improvisado disgusto. A continuación del almuerzo nuestros caminantes deciden ascender hasta otra cima que hay enfrente y a la que se denomina por los lugareños como el Cuchillos. Sin dificultad de ningún tipo consiguen su objetivo, y ya sólo les quedan regresar hasta sus hogares y guardar sus experiencias, para poderlas relatar en cualquier momento a sus amigos, hermanos, hijos o compañeros. Que nuestras vidas no sirven de nada si todo lo tenemos que reservar para nosotros mismos.


 

El bosque de Arcabuey


Desde que un día oí hablar de este lugar en la cantina de un pequeño pueblo, siempre he deseado conocerlo. Según el señor que lo había nombrado, la Sierra de Arcabuey era un lugar encantador, fantástico y misterioso; sin duda el lugar más bello de toda Europa.
  Tengo muchas vacaciones y nada interesante que hacer, así que decido marcharme a conocerlo. Pertrechado con un mapa del lugar, una brújula, mi mochila y toda la indumentaria necesaria, además del  alimento correspondiente, me dirijo hacia el lugar.
  Como la distancia es considerable,  me levanto a las cinco de la mañana, hora en la cual la luna todavía acaricia el rostro de los enamorados rezagados.
  En mi viejo Seat Córdoba y sin prisa de ningún tipo llego a Sotofresco a las siete y treinta y dos minutos. Dejo el coche a la entrada del pueblo en un descampado lleno de hierbas, al lado de un antiquísimo arado romano del cual sobresalen el timón y el clavijero y que  no se ve el resto de lo que queda porque lo tapan unos cuantos cardos borriqueros y otras especies  de hierbas que allí se han acumulado. Voy a coger la cámara de fotos para fotografiarlo y veo que se me ha olvidado. Siempre está en la mochila, pero la última vez hubo acontecimiento familiar y la saqué no volviendo luego a colocarla en su sitio de costumbre. ¡Vaya chasco!
   Un grupúsculo de casas viejas, donde todavía se puede observar sus paredes de piedras y  su tejado de pizarra, es todo el pueblo.
  Dos famélicos perros, de sabe Dios qué raza, salen a mi encuentro. Creo que intentan ladrarme, pero de sus encogidas gargantas sólo salen unos lastimeros gemidos. Me compadezco de ellos y saco de mi mochila un chorizo que parto en dos trozos y se los arrojo. Cada cual se lanza hacía su trozo y con la rapidez de un suspiro se lo engullen. Los dos me siguen mirando esperando el segundo bocado que no llegará.
  Cargo la mochila sobre mis espaldas y empiezo a caminar. Atravieso la única calle del pueblo sin que nada me haga pensar, excepto los dos perros, que en este lugar hay vida.
  El camino, de tierra roja, se alarga hasta donde se  divisan las primeras siluetas de unos árboles que conforman un espeso bosque.
  Llego a meterme en el interior del bosque y compruebo que son hayas enormes de gran belleza. Los pájaros más madrugadores, me reciben con sus trinos, y la frescura del bosque me envuelve y me hace estremecerme como los brazos de un amante envuelven y estremece el cuerpo de su amada. El viento se enreda entre las ramas de las hayas y las jóvenes hojas tiemblan, como enfermas, al verme pasar. La madrugada cabalga en su caballo de luz sobre la cumbre de la sierra.
   Unas dos horas llevo caminando en plena soledad, cuando observo que el bosque desaparece; con él, el camino y, continúa por una senda que progresivamente va ascendiendo entre las rocas hasta la cumbre de la montaña rocosa. Asciendo la montaña, tranquilo, sin pausa y observando todo lo que se me ofrece ante la vista. Al coronar la cumbre me encuentro una planicie de unos cuantos metros y delante un desfiladero enorme de algo más de cincuenta metros de longitud, que divide a la montaña en dos tramos. El único punto de contacto entre ellos es un puente natural de roca, de una anchura no mayor de treinta centímetros y sin nada a sus lados que sirva para asegurarme o quitarme el miedo. Al fondo, el agua de un río pasa brava y furiosa formando miles de espumas al chocar contra las rocas. Este inconveniente no estaba previsto, así que me estuve pensando un tiempo qué hacer: echarle valor y atravesarlo o volverme para atrás y desandar lo andando. Me parece muchos kilómetros recorridos para ahora volverme, así que decidí  atravesar el puente. La verdad es que si en este puente no hubiese tanta altura seguramente me atrevería hasta pasarlo corriendo, pero tenía una caída en vertical superior a los cien metros y una longitud de más de cincuenta. Eso era lo que me amedrentaba.
Coloco los brazos en cruz y como un funámbulo voy asegurando cada uno de los pasos que doy y acabo cruzando el puente; al llegar al otro lado respiro tranquilo y  me vuelvo para echar el último vistazo al desfiladero. ¡Uf, qué alivio!
  Compruebo al caminar unos cuantos metros que  en este otro extremo se termina la montaña y ahora toca bajar por otra senda; ésta más estrecha y sinuosa y con un desnivel muy pronunciado; incluso desde donde estoy no puedo distinguir bien si podré bajar sin tener que agarrarme a las rocas en algún tramo. Voy bajando y salvando los inconvenientes de una u otra forma. Cuando estoy a la mitad del recorrido me paro a observar y veo abajo en una gran campa un rebaño de cabras y a un joven que está apoyado en su cayado, protegida su cabeza con un sombrero de paja y que parece que me está observando. Me alegro de verlo y me apresuro a bajar el tramo que me queda.
  Por fin voy a encontrar a alguien con quien poder hablar y que me dé información  sobre el lugar.
  Al final del camino el brezo, la retama y el boj están muy altos y forman un pequeño túnel herbáceo que debo superar y que es un placer inmenso hacerlo. Salgo a la campa y miro hacia todos lados, pero el joven no aparece por ningún sitio… y las cabras tampoco. En un rincón de esta campa crecen las gencianas amarillas formando un diminuto jardín. El joven no aparece.   Me llama la atención lo alta que está la hierba y que curiosamente me agacho, escudriño el suelo y no veo excrementos de ningún  animal. Es imposible que aquí haya habido un rebaño de cabras y en el suelo no hayan depositado  sus excrementos en formas de bolas. Por más que me esfuerzo no encuentro nada y me tengo que dar por vencido y proseguir con mi ruta.
  Después de adentrarme otra vez en el bosque y con apenas veinte minutos de recorrido diviso un pueblo a lo lejos. Creo que aquí acabará ya mi ruta y ahora preguntaré en el pueblo si hay algún itinerario de regreso diferente al que he traído o sí debo regresar por el mismo sitio. No me satisface, pero no estoy seguro de nada.
  Llego al pueblo. Éste es algo mayor que el primero y hay en sus calles algunas personas. Me acerco a un grupo de ancianos que están tomando el sol sentados en un poyo de cemento, ubicado al abrigo de la gruesa pared de la  arcaica iglesia.
—  ¡Buenos días!
—  ¡Buenos días tenga el hermano — me responden todos juntos.
—  ¿Saben ustedes, señores, si para volver a Sotofresco hay alguna ruta diferente a la que me ha traído hasta aquí?
—  Y, ¿por dónde ha venido el hermano? — me pregunta uno de ellos.
—  Por esa montaña que está al sur del pueblo—le respondo.
—  ¡Ah!  Por el bosque de Miguelito— me dice uno de ellos.
—  Yo creí que se llamaba de Arcabuey—le contesto.
—  Eso es para los libros, para nosotros se llama de Miguelito.
—  ¿Se puede saber por qué?— les pregunto.
—  Hace ya muchos años teníamos un zagal que cuidaba de nuestras cabras que le llamábamos Miguelito. Un día mientras estaba con el rebaño en el campo, vino una gran tormenta con truenos, rayos y granizos incluido. Fue tan fuerte la tormenta y tan grande el granizo que prácticamente mató a todas las cabras del mozalbete. Él se pudo salvar gracias a que se cobijó en el tronco hueco de un roble. Al salir y comprobar que casi todas sus cabras habían muerto y creyéndose culpable no pudo soportar el dolor y llorando se arrojó por el desfiladero. Nunca se encontró su cuerpo, pero todo el mundo así se lo imaginó.
  Se cuenta que hoy en día a todo aquel que cruza este precipicio en solitario se le aparece Miguelito como aviso de que cruzar este bosque  es peligroso.
—  Pero todo eso no deja de ser historia e invenciones de los antiguos—me decía uno de ellos sonriendo.
—  ¿Usted lo ha visto?—me pregunta otro.
Yo, queriendo eludir el tema y para no contestar les digo: ¿entonces tendré que volver por el mismo sitio?
—  No, hermano, no es necesario. Si lo desea puede ir por la carretera, que desde aquí a Sotofresco sólo hay quince kilómetros; y si no desea andar más puede esperar a Abilio, el panadero, que seguro que sí se lo pide le llevará gustoso.
—  ¿Y  a qué hora viene el señor Abilio?
—  Pues a la una del mediodía y suele ser bastante puntual.
Esperé a Abilio y después de pedirle que si me podía llevar accedió a ello. Durante el trayecto fue bastante hablador y me contó otra historia, diferente en algunas cosas, sobre Miguelito.
Me dejó en un cruce desde el cual llegar hasta el coche no me costaría más de quince minutos, porque él me aseguró que en Sotofresco no entraba porque hacía muchos años que ya no vivía nadie
  Llego al coche y me encuentro a los dos escuálidos perros que están sentados sobre sus patas traseras, cada uno a un lado del coche. Cuando me ven llegar se levantan y vienen hacia mí. Saco de la mochila un trozo de pan y un poco de lomo que me ha sobrado y se los lanzo. Se lo comen rápidamente; yo me subo al coche y regreso a casa.

La montaña

esde que un día oí hablar de este lugar en la cantina de un pequeño pueblo, siempre he deseado conocerlo. Según el señor que lo había nombrado, la Sierra de Arcabuey era un lugar encantador, fantástico y misterioso; sin duda el lugar más bello de toda Europa.
  Tengo muchas vacaciones y nada interesante que hacer, así que decido marcharme a conocerlo. Pertrechado con un mapa del lugar, una brújula, mi mochila y toda la indumentaria necesaria, además del  alimento correspondiente, me dirijo hacia el lugar.
  Como la distancia es considerable,  me levanto a las cinco de la mañana, hora en la cual la luna todavía acaricia el rostro de los enamorados rezagados.
  En mi viejo Seat Córdoba y sin prisa de ningún tipo llego a Sotofresco a las siete y treinta y dos minutos. Dejo el coche a la entrada del pueblo en un descampado lleno de hierbas, al lado de un antiquísimo arado romano del cual sobresalen el timón y el clavijero y que  no se ve el resto de lo que queda porque lo tapan unos cuantos cardos borriqueros y otras especies  de hierbas que allí se han acumulado. Voy a coger la cámara de fotos para fotografiarlo y veo que se me ha olvidado. Siempre está en la mochila, pero la última vez hubo acontecimiento familiar y la saqué no volviendo luego a colocarla en su sitio de costumbre. ¡Vaya chasco!
   Un grupúsculo de casas, construidas con piedras y con su tejado de pizarra, es todo el pueblo.
  Dos famélicos perros, de sabe Dios qué raza, salen a mi encuentro. Creo que intentan ladrarme, pero de sus encogidas gargantas sólo salen unos lastimeros gemidos. Me compadezco de ellos y saco de mi mochila un chorizo que parto en dos trozos y se los arrojo. Cada cual se lanza hacía su trozo y con la rapidez de un suspiro se lo engullen. Los dos me siguen mirando esperando el segundo bocado que no llegará.
  Cargo la mochila sobre mis espaldas y empiezo a caminar. Atravieso la única calle del pueblo sin que nada me haga pensar, excepto los dos perros, que en este lugar hay vida.
  El camino, de tierra roja, se alarga hasta donde se  divisan las primeras siluetas de unos árboles que conforman un espeso bosque.
  Llego hasta meterme en el interior del bosque y compruebo que son hayas enormes de gran belleza. Los pájaros más madrugadores, me reciben con sus trinos, y la frescura del bosque me envuelve y me hace estremecerme como los brazos de un amante envuelven y estremece el cuerpo de su amada. El viento se enreda entre las ramas de las hayas y las jóvenes hojas tiemblan, como enfermas, al verme pasar. La madrugada cabalga en su caballo de luz sobre la cumbre de la sierra.
   Unas dos horas llevo caminando en plena soledad, cuando observo que el bosque desaparece; con él, el camino y, continúa por una senda que progresivamente va ascendiendo entre las rocas hasta la cumbre de la montaña rocosa. Asciendo la montaña, tranquilo, sin prisa y observando todo lo que se me ofrece ante la vista. Al coronar la cumbre me encuentro una planicie de unos cuantos metros y delante un desfiladero enorme de algo más de cincuenta metros de longitud, que divide a la montaña en dos tramos. El único punto de contacto entre ellos es un puente natural de roca, de una anchura no mayor de treinta centímetros y sin nada a sus lados que sirva para asegurarme o quitarme el miedo. Al fondo, el agua de un río pasa brava y furiosa formando miles de espumas al chocar contra las rocas. Este inconveniente no estaba previsto, así que me estuve pensando un tiempo qué hacer: echarle valor y atravesarlo o volverme para atrás y desandar lo andando. Me parece muchos kilómetros recorridos para ahora volverme, así que decidí  atravesar el puente. La verdad es que si en este puente no hubiese tanta altura seguramente me atrevería hasta pasarlo corriendo, pero tenía una caída en vertical superior a los cien metros y una longitud de más de cincuenta. Eso era lo que me amedrentaba.
Coloco los brazos en cruz y como un funámbulo voy asegurando cada uno de los pasos que doy y acabo cruzando el puente; al llegar al otro lado respiro tranquilo y  me vuelvo para echar el último vistazo al desfiladero. ¡Uf, qué alivio!
  Compruebo al caminar unos cuantos metros que  en este otro extremo se termina la montaña y ahora toca bajar por otra senda; ésta más estrecha y sinuosa y con un desnivel muy pronunciado; incluso desde donde estoy no puedo distinguir bien si podré bajar sin tener que agarrarme a las rocas en algún tramo. Voy bajando y salvando los inconvenientes de una u otra forma. Cuando estoy en la mitad del recorrido me paro a observar y veo abajo en una gran campa un rebaño de cabras y a un joven que está apoyado en su cayado, protegida su cabeza con un sombrero de paja y que parece que me está observando. Me alegro de verlo y me apresuro a bajar el tramo que me queda.
  Por fin voy a encontrar a alguien con quien poder hablar y que me dé información  sobre el lugar.
  Al final del camino el brezo, la retama y el boj están muy altos y forman un pequeño túnel herbáceo que debo superar. Salgo a la campa y miro hacia todos lados, pero el joven no aparece por ningún sitio… y las cabras tampoco. En un rincón de esta campa crecen las gencianas amarillas formando un diminuto jardín. El joven no aparece.   Me llama la atención lo alta que está la hierba y que curiosamente me agacho, escudriño el suelo y no veo excrementos de ningún tipo de animal. Es imposible que aquí haya habido un rebaño de cabras y en el suelo no hayan depositado  sus excrementos en formas de bolas. Por más que me esfuerzo no encuentro nada y me tengo que dar por vencido y proseguir con mi ruta.
  Después de adentrarme otra vez en el bosque y sin apenas veinte minutos de recorrido, diviso un pueblo a lo lejos. Creo que aquí acabará ya mi ruta y ahora preguntaré en el pueblo si hay algún itinerario de regreso diferente al que he traído o sí debo regresar por el mismo sitio. No me satisface, pero no estoy seguro de nada.
  Llego al pueblo. Éste es algo mayor que el primero y hay en sus calles algunas personas. Me acerco a un grupo de ancianos que están tomando el sol sentados en un poyo de cemento, ubicado al abrigo de la pared de la vieja iglesia.
—  ¡Buenos días!
—  ¡Buenos días tenga el hermano — me responden todos juntos.
—  Saben ustedes, señores, si para volver a Sotofresco hay alguna ruta diferente a la que me ha traído hasta aquí.
—  Y, ¿por dónde ha venido el hermano? — me pregunta uno de ellos.
—  Por esa montaña que está al sur del pueblo—le respondo.
—  ¡Ah!  Por el bosque de Miguelito— me dice uno de ellos.
—  Yo creí que se llamaba de Arcabuey—le contesto.
—  Eso es para los libros, para nosotros se llama de Miguelito.
—  Se puede saber por qué— les pregunto.
—  Hace ya muchos años teníamos un zagal que cuidaba de nuestras cabras que le llamábamos Miguelito. Un día mientras estaba con el rebaño en el campo, vino una gran tormenta con truenos, rayos y granizos incluido. Fue tan fuerte la tormenta y tan grande el granizo que prácticamente mató a todas las cabras del mozalbete. Él se pudo salvar gracias a que se cobijó en el tronco hueco de un roble. Al salir y comprobar que casi todas sus cabras habían muerto y creyéndose culpable no pudo soportar el dolor y llorando se arrojó por el desfiladero. Nunca se encontró su cuerpo, pero todo el mundo así se lo imaginó.
  Se cuenta que hoy en día a todo aquel que cruza este precipicio en solitario se le aparece Miguelito como aviso de que cruzar este bosque  es peligroso.
—  Pero todo eso no deja de ser historia e invenciones de los antiguos—me decía uno de ellos sonriendo.
—  ¿Usted lo ha visto?—me pregunta otro.
Yo, queriendo eludir el tema y para no contestar les digo: entonces tendré que volver por el mismo sitio.
—  No, hermano, no es necesario. Si lo desea puede ir por la carretera, que desde aquí a Sotofresco sólo hay quince kilómetros; y si no desea andar más puede esperar a Abilio, el panadero, que seguro que si se lo pide le llevará gustoso.
—  ¿Y  a qué hora viene el señor Abilio?
—  Pues a la una del mediodía y suele ser bastante puntual.
Esperé a Abilio y después de pedirle que si me podía llevar accedió a ello. Durante el trayecto fue bastante hablador y me contó otra historia, diferente en algunas cosas, sobre Miguelito.
Me dejó en un cruce desde el cual llegar hasta el coche no me costaría más de quince minutos, porque él me aseguró que en Sotofresco no entraba porque hacía muchos años que ya no vivía nadie
  Llego al coche y me encuentro a los dos escuálidos perros que están sentados sobre sus patas traseras, cada uno a un lado del coche. Cuando me ven llegar se levantan y vienen hacia mí. Saco de la mochila un trozo de pan y un poco de lomo que me ha sobrado y se los lanzo. Se lo comen rápidamente; yo me subo al coche y regreso a casa.

Árboles humanos



Los gallos, despertadores infalibles y naturales, anuncian con su quiquiriquí quiquiriquí, la llegada del nuevo día. El cielo, poblado de enormes nubes oscuras, no presagia un día muy apacible. Una chimenea anuncia con su fumata que en esa casa se inicia la actividad diaria.
   El campesino con su sombrero ancho y oscuro, su rostro bronceado y curtido  por su exposición diaria a la intemperie, su jersey de lana gruesa y cuello alto,  sus pantalones de pana ajados por el paso del tiempo, sus botas de cuero lustradas con  cebo  y  un hacha en la mano, atraviesa con paso decidido la calle del pueblo.
   La noche anterior había nevado escasamente y el suelo se encontraba moteado de puntos blancos.
    En un patio cercano un par de perros, con sus ladridos, anuncian   que alguna persona o animal  pasa por la calle.
   El campesino, allí donde se bifurcan los caminos, escoge el de la izquierda que, ascendiendo y serpenteando, se adentra en el bosque; el otro  se dirige hacia el pantano.
   Una vez dentro del bosque el campesino se ve rodeado de hayas y robles y, en su parte derecha, por un conjunto de pinos: pinos de reforestación que vinieron a sustituir a los robles cuando hace una década un pirómano, amparado en la oscuridad de la noche, prendió fuego al bosque con el único objeto de regocijar su cruenta maldad.
   Miles de veces, miles de veces, había pasado el campesino por ese camino, miles de veces, y jamás se había percatado del viejo roble que con su tronco en forma de espantapájaros, con sus únicas dos ramas como brazos alzados, con un agujero negro de boca, (probablemente habitáculo común de una lechuza o búho), aparenta ser un cíclope  que controla  el paso del camino. Se pregunta por qué hoy le ha llamado la atención. Por qué hoy se ha dado cuenta de su forma quijotesca y cómo puede todavía seguir en pie sin que la motosierra de algún leñador o una fuerte ventisca  no lo hayan abatido. Después de estos segundos de meditación, el campesino emprende su camino y apenas ha terminado de  dar un paso cuando se oye una débil voz  espectral que le dice:
—   ¡Hasta luego!
   Se queda parado y, girando la cabeza muy lentamente, mira al viejo roble; retrocede un  paso y mira hacia arriba…, hacia abajo…, hacia la derecha…, hacia la izquierda…, pero no ve a nadie ni a nada.
   Será la edad y el cansancio que me han jugado una mala pasada —piensa el campesino—. Decide continuar y cuando apenas ha terminado de dar  el primer paso se oye una voz, esta vez más fuerte y clara, que le dice:
—   ¡Hasta luego!
   Se queda quieto, petrificado y asustado. Un escalofrío recorre  todo su cuerpo. Muy quieto, se gira lentamente, y con su rostro  contraído, mira al viejo roble. Nada nota fuera de lo normal. No hay ningún lugar o escondrijo donde alguien escondido le pueda estar gastando una broma.
 De frente mirando al roble,  al campesino se le viene a la mente los versos del poeta:

                    Ayer tarde
volvía yo con las nubes
que entraban bajo rosales
grande ternura redonda)
entre los troncos constantes.

La soledad era eterna
y el silencio inacabable.
Me detuve como un árbol
y oí hablar a los árboles


 

   Mirando al roble  se pregunta: ¿Cuántos años  llevará el viejo roble controlando el camino? ¿Cuántos años hará que sus ramas no dan hojas ni  frutos? ¿Cuántas veces  sus bellotas, antes que la ventisca del crudo invierno las arrojasen al suelo y sirviesen de alimentos a los jabalíes y otros animales del bosque, alimentaron  a los arrendajos  y otras aves?
   Y sin darse cuenta, deja de pensar para pasar a una voz en forma de susurro que dice:
—Si tú viejo roble pudieses, me dirías: ¿Cuántos pájaros anidaron en tus ramas y alegraron con su canto el entorno del bosque? ¿Cuántos cazadores, escondidos tras tu tronco, esperaron pacientes sus trofeos de caza?  ¿Cuántos amantes abrazados a  tu tronco sellaron con un beso sus promesas de amor?
   El viejo roble sigue firme, erguido e impertérrito. El campesino decide continuar su camino, pero  en sentido contrario: hacía el pueblo. Cuando apenas ha dado el primer paso se escucha la misma voz, pero esta vez menos espectral y más jovial que le dice:
— ¡Gracias!
    El campesino no se da la vuelta y, con una sonrisa en la boca y la alegría manifiesta en su rostro, continúa andando.
   Este año el joven pino, alegre y revoltoso, que como un gladiador  compite con el brezo, la aulaga, la jara y la retama por poseer un trozo de terreno al borde del camino,  se ha salvado de ser  adorno navideño en la casa  del campesino.

El extraño caso de los huevos verdes


Cogió un trapo y frotaba el huevo con ansias, no pasaba
nada; humedeció el trapo en agua y siguió frotando enérgicamente aquel huevo. Aquel huevo verde que Marciano le había enseñado. Pero él no se creía que pudiese existir un huevo de color verde, los huevos eran blancos o marrones de toda la vida, pero nada de verde. Eso era una tomadura de
 pelo que Marciano quería hacerle para reírse de él.
A él no se la iban a dar, así que a partir de ahora le tocaba averiguar de qué modo Marciano había convertido aquel huevo de color verde. Toda la noche se la había pasado pensando en cómo averiguar el motivo. Había llegado a la conclusión de que Marciano había pintado el huevo con algún tipo de pintura indeleble que era imposible borrar a no ser que usase alguna sustancia especial. Por la mañana, al levantarse, ya lo había decidido: recorrería todo el corral de Marciano buscando algún lugar donde estuviese escondida la dichosa pintura. Lo haría disimuladamente para que Marciano no sospechase de sus investigaciones.
Estuvo varios días escudriñando todo los recovecos del corral, pero no hubo forma, no se encontraba pintura por ningún sitio.
Descartado el tema de la pintura y con el asesoramiento de su amigo Julián, cuyo padre tenía muchas gallinas y era un especialista del tema y quien le había informado de que algunos ornitólogos ponen unas especies de sustancias en la comida de los canarios para que estos tomen en sus plumas tonalidades rojas, blancas o de otros colores.
Se sentía muy alegre después de esta información. Era eso, no tenía duda, pero ahora le tocaba averiguar qué comida le daba Marciano a sus gallinas. Así que todos los días acompañaba a Marciano a darle de comer a sus animales. No había forma, Marciano no daba a sus gallinas ningún producto fuera de los conocidos: trigo, maíz, lechuga, restos de pan…
Después de tantos días buscando la pintura, otros tantos buscando la sustancia, se dio por vencido ya que él veía un día tras otros cómo las gallinas seguían poniendo los huevos verdes, e incluso había llegado él mismo a recoger un huevo recién puesto por una gallina.
Un día de estos, ya se había dado por vencido, observó algo que se le había pasado, inexplicablemente, por alto. Las gallinas que ponían los huevos verdes eran diferentes a las otras que ponían los huevos blancos. Eran más pequeñas y lo más llamativo era que no tenían cola.
Explicado el descubrimiento a su amigo Julián llegaron a una conclusión. Si de verdad hay gallinas que ponen los huevos verdes en Internet tenía que venir la explicación. Aquí vienen las explicaciones de todo —le decía Julián.
Así lo hicieron y se llenaron de felicidad al comprobar que efectivamente hay gallinas que ponen los huevos verdes: las gallinas araucanas.
Se informó que llamaban los araucanos principalmente a los mapuches que habitaban entre los ríos Itata y Toltén, quienes eran reconocidos por ser aguerridos guerreros y que tuvieron una guerra contra los conquistadores españoles que duró más de tres siglos.
Sobre los huevos esto leyeron en Internet: conclusión, los huevos verdes y azulados son producidos por gallinas que expresan una proteína transportadora de biliverdina en el útero gracias a la presencia de un interruptor genético proveniente de un virus.
Existen al menos tres razas de gallinas que ponen huevos verdes y azulados: la Araucana de Chile y los Dongxiang y Lushi de China. Esta coloración se debe a un pigmento llamado biliverdina.
¡Por fin! — exclamó Filomeno— ya me he quitado este dichoso pesar que me había creado Marciano. Lo bueno es que hoy sé algo más que ayer, ja, ja, ja.